Estás en plena reunión, miras las caras y hay algo que no termina de calzar. Te das cuenta de que alguien, aunque está en la sala, en realidad no está ahí.
Entonces haces memoria, porque antes esta persona proponía ideas, participaba, empujaba las conversaciones… y ahora se queda en silencio, cumple con lo mínimo y, aunque sigue presente, ya no es lo mismo.
Porque sabes que ese potencial sigue ahí, solo necesita un pequeño empujón para volver a encenderse. Al final, todos tenemos esas dos versiones… la que está y la que puede volver a aparecer, y siempre se puede reconectar con esa mejor versión.
La desmotivación rara vez llega de golpe, más bien se instala en silencio, casi sin avisar y va construyendo una especie de “personaje funcional” que cumple, responde y está… pero ya no se involucra de la misma forma.
Y ahí está el punto, porque lo complejo no es lo visible, sino lo que queda detrás de esa capa que se fue armando con el tiempo.
De hecho, según Gallup, solo el 23 % de los trabajadores en el mundo se siente comprometido con su trabajo, lo que deja a una gran mayoría operando en niveles bajos de conexión o motivación.
No se trata de “leer la mente”, sino de observar ciertos cambios en la forma de estar en el equipo:
Muchas veces lo que parece desinterés tiene más que ver con el contexto, porque la sobrecarga, la falta de claridad o el desgaste acumulado van apagando la energía de a poco. (Y lo he visto muchas veces, personas comprometidas que no dejaron de querer su trabajo… solo dejaron de poder sostenerlo al mismo ritmo).
Al final, no todo lo que vemos es la historia completa. Siempre hay una capa más, algo que no es tan evidente, pero que explica mucho más de lo que parece si nos detenemos a mirar con un poco más de atención.
Por eso, antes de asumir, vale la pena frenar un segundo y abrir la conversación, porque cuando nos quedamos solo con nuestra interpretación es muy fácil equivocarse… Entonces vale la pena la preguntarse…
Detectar es solo el primer paso, lo importante cómo lo puedes abordar, así que te muestro lo que me ha resultado:
La motivación no siempre se pierde, a veces solo se va apagando. Y ahí es donde el liderazgo hace la diferencia, no en reaccionar cuando alguien se va, sino en observar cuando alguien empieza a irse… sin decirlo.
Porque al final liderar también es aprender a moverse entre ambos mundos, entre lo que se ve y lo que no siempre se dice, entre lo que se cumple y lo que realmente siente tu equipo.
Y es que en equipos sanos, las personas no solo trabajan, también se sienten parte.
Yo, por ahora, debo dejarte, me voy a una capacitación de habilidades blandas y comunicación no verbal… porque estas destrezas no se adquieren solas.